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Análisis político

La soledad del poder.

Entre la confrontación premanente y la concentración de decisiones, el mileísmo enfrenta su propia dinámica de poder.

24/08/2026


  Hay algo más preocupante que las discusiones económicas que atraviesan al gobierno de Javier Milei: la forma en que el poder está siendo ejercido. No se trata solamente de una cuestión de estilo, de las provocaciones presidenciales o de sus frecuentes enfrentamientos públicos. El problema aparece cuando una personalidad política de enorme intensidad se combina con un círculo de poder reducido, una oposición debilitada y una estructura institucional cada vez más dependiente de las decisiones de unos pocos.

  Milei construyó buena parte de su liderazgo sobre la confrontación y la violencia verbal. Su discurso no busca solamente convencer: identifica enemigos, los señala y los convierte en parte de una batalla permanente. Esa lógica fue electoralmente eficaz. Pero gobernar un país exige algo diferente: administrar conflictos, aceptar límites y construir acuerdos incluso con quienes piensan distinto.

  El interrogante, entonces, no es si Milei puede ser temperamental. Es qué sucede cuando prácticamente nadie dentro de su entorno parece dispuesto —o tener capacidad— para ponerle un límite.

  Los cambios recientes en el Gobierno muestran una estructura de poder particularmente concentrada. Karina Milei adquirió una influencia decisiva sobre la organización política y electoral del oficialismo, mientras Santiago Caputo continúa siendo una pieza central de la arquitectura comunicacional y estratégica. La llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete aparece, en ese contexto, como un intento de aportar mayor experiencia política y capacidad de negociación, después del gran escandalo del Sr. Adorni que volvió a exponer las tensiones, irregularidades y disputas que atraviesan al núcleo más cercano del poder libertario.

  Desde una mirada cercana al peronismo y al campo progresista, esto obliga a formular una crítica que vaya más allá del rechazo ideológico. El problema no es que un gobierno tenga una orientación liberal, conservadora o de derecha. El problema comienza cuando la política se transforma en obediencia, la discrepancia interna en una disputa por espacios de poder y las instituciones en obstáculos que deben ser sorteados.

  Incluso análisis publicados por medios allegados al Gobierno describen un Presidente cada vez más aislado y con una agenda política delegada crecientemente en su hermana. Otros trabajos han señalado las disputas internas entre el karinismo y el sector de Santiago Caputo, una interna que atraviesa áreas sensibles de la administración. 

  El dato debería preocupar incluso a quienes votaron a Milei y no comparten las posiciones del peronismo. Porque una democracia saludable no depende de que gobierne alguien con quien coincidimos, sino de que existan límites capaces de funcionar cuando gobierna alguien con quien no coincidimos.

  La personalidad presidencial puede explicar una parte del fenómeno. No puede justificarlo todo.

  Argentina ya conoció gobiernos donde la concentración del poder terminó confundiendo proyecto político con voluntad personal. La experiencia histórica debería servir para algo más que alimentar las guerras culturales del presente.

El desafío de la oposición, especialmente del peronismo y del centroizquierda, tampoco puede reducirse a denunciar cada exabrupto. Necesita ofrecer una alternativa democrática, social y económica capaz de disputar el sentido común que llevó a millones de argentinos a confiar en Milei.

  Porque el problema de fondo no es solamente cuánto poder concentra el Presidente.

  Es qué ocurre cuando el poder empieza a creer que no necesita límites.