Hace tiempo no escuchaba hablar del Ucumar. De chica, creo que lo primero que pensaba cuando pisaba las yungas más cercanas a la ciudad era en la existencia de esa clase de seres mitológicos: el ucumar, el duende, la viuda, la luz mala, el pomberito y algunos otros protectores de la selva. Como en una especie de ritual y como si no importara un riesgo mayor, mis primeras pisadas siempre estaban acompañadas por una intromisión del estilo “que hago si se me aparece…” seguida de algo parecido a una petición. Algunos podrían pensar en superstición a lo que otros llaman comunión. Estoy convencida de que ese ritual siempre me ayudó a no perderme, a volver sana o, incluso, a no volver tan cansada del monte. Hoy, cada vez que piso un cerro hasta en mis épocas más escépticas, pido. Pido y, hace no mucho, entendí qué pedía cuando fuí con mi pareja al cerro y me guió en un ritual que hizo con coca y agua antes de subir. Siempre busqué protección.
Para mi niñez, la posibilidad de un contacto con ellos era palpable y su identidad indiscutible. Ahí, a un costado del sendero, donde las hojas se amontonaban tanto que no entraba la luz o donde la neblina me tapaba la visión, ahí siempre se escondía alguien. Esa teoría no me generaba fascinación, sino más bien ansiedad. No era necesario esconderse de una niña, y menos de una que si quería conocer qué había detrás. No estoy segura de si era consciente de los dichos populares, yo quería vivir mi propia experiencia. Quiero decir, entendía que si te encontrabas con el duende mano de lana la ibas a pasar mal, pero mi hipótesis desde chica siempre fue que los niños y los duendes hacen buena dupla.
Es evidente que mi asombro no duró mucho pero me queda la conmoción al recordar aquel asombro infantil aquel pisar el bosque y comprometerse con la propuesta de misterio y magia. De vez en cuando encuentro escritos de mitos actuales, mitos que siguen vivos y los leo encantada porque si hay algo que amo del norte es encontrar creencias tan grandes y firmes como las miles de catedrales y cruces que se reparten por toda la ciudad. Significa que algo de diversidad sigue habiendo y no hablo solo de la diversidad cultural, sino también de especies, sabiendo que el animal y sus comportamientos son la piedra angular de la mayoría de los mitos.
Alguna vez leí que el ucumar se lo asocia con un oso que posiblemente ya no se encuentre por estas zonas pero que vive por toda la zona selvática de la Cordillera, al parecer se trata del oso de anteojos. También leí un artículo de la Fundación Proyungas que hablaba de una línea divisoria entre las actividades que se registran del oso en cuestión en Bolivia y las historias recolectadas del ucumar en el norte argentino. Aparentemente, cualquier campesino del monte de Bolivia se notificó de las andanzas del “oso de anteojos”, no ocurre lo mismo con la gente de las selvas de Jujuy y Salta. Al ver el video que se viralizó hace unos días sobre el bicho maldito me reí pensando que quizá el grito provenía de algún sinvergüenza extasiado que andaba queriendo llamar la atención por la quebrada, después de todo, de eso se tratan los mitos: para alimentarlos se requiere del trabajo de toda una comunidad. Pero luego pensé: sería buenísimo imaginar la posibilidad, aunque sea mínima, del retorno de este espectacular animal a zonas como la quebrada de San Lorenzo. Entre el loco de la quebrada y el oso, ahora me inclino por la creencia más económica y la que más feliz me hace: volvió el ucumar a Salta.
Catalina Appendino