Directora y fundadora de Azul Centro de Equinoterapia
El caballo es un cuerpo que se mueve bajo el instinto y la emoción. Antiguo, presente, siempre amparado a un resto de libertad, incluso bajo la doma. No se somete del todo. No obedece si no hay respeto, reciprocidad, vínculo. La equinoterapia trabaja en el espacio invisible donde lo humano y lo animal se reconocen sin palabras, y en ese reconocimiento de cuerpos propicia un camino de transformación.
Elena me espera al costado del predio. Viste un conjunto blanco, sencillo y cómodo. Es una tarde soleada, y bajo el cielo abierto que cubre el terreno de la Fundación Azul se respira atmósfera de campo, algo de ese instinto a la intemperie que muchas veces es domado por la ciudad y sus formas humanas.
Frente a los autos estacionados pasa un niño montado a caballo, seguido de cerca por un asistente que lo acompaña a una distancia de rescate prudente, no obstante dejando hacer y ser. Me sorprende cómo, estando aún en la ciudad y tan cerca de la ruta, los ruidos parecen desaparecer.
Más adelante, Elena me contará cómo el caballo es un animal terapéutico y porque conserva, incluso entre riendas y cercas, una porción intacta de su naturaleza silvestre. Aunque convive con humanos desde hace milenios, sigue siendo un animal de presa: sensible, hipervigilante, atento a los gestos, al tono de voz, a la respiración. No se entrega con facilidad. No es dócil ni hostil: es un otro que exige ser leído.
En ese instinto, en esa consciencia del propio espacio y de la propia subjetividad se vuelve espejo de nuestra vulnerabilidad y también de nuestra potencia. Una presencia viva que nos devuelve a un vínculo primario, ancestral, donde el contacto no se da por control, sino por confianza.
Elena es la fundadora y directora de la Fundación, pero su historia (y la de este lugar) empieza como madre. Francisco, su tercer hijo, tenía apenas dos meses cuando sufrió un paro cardiorrespiratorio y se quedó sin aire. Vivían en el campo lejos de hospitales. Lo reanimó ella misma con las manos entre la desesperación y el instinto. Después vino un viaje de cien kilómetros hacia la ciudad más cercana, Azul, duró una eternidad. Cuando llegaron, Francisco había sobrevivido, pero el daño ya estaba hecho, una lesión neurológica severa. El diagnóstico fue duro y definitivo: parálisis cerebral. Lo que no sabían los médicos (ni siquiera Elena) es que ese diagnóstico iba a dar origen a un camino de vida.
Elena: Panchi estuvo en coma 15 días —me cuenta Elena—. Nos dijeron que nunca caminaría ni tendría control cefálico. Empezamos el camino de la rehabilitación. Viajábamos cada semana al Instituto Fleni, en Buenos Aires. Y ahí me hablaron por primera vez de los beneficios terapéuticos del caballo. Yo vengo de familia ecuestre, de Lesser, Salta, y sin embargo no conocía esa dimensión. Me dijeron que podía ayudarlo en lo motor, en lo espacial, en lo emocional. Me lo tomé en serio. Me capacité pensando en él.
La equinoterapia es una práctica terapéutica que utiliza al caballo como mediador en procesos de rehabilitación física, emocional y vincular. No se trata solo de montar, sino de establecer un lazo activo con el animal, donde el cuerpo, la atención y la emoción participan al mismo tiempo. Su marcha rítmica estimula la musculatura profunda, la coordinación y el equilibrio, mientras que su presencia viva —sensible, perceptiva, atenta— permite trabajar la confianza, la regulación emocional y el vínculo con otros. Es una terapia que ocurre en movimiento, en naturaleza, y que exige presencia.
Elena me señala a Panchi, el niño que alguna vez —según los pronósticos— no caminaría. El mismo que hoy está sentado en el establo, tomando mate entre terapeutas y padres que acompañan a sus hijos. Cuando pasa caminando frente a nosotros, con el mate en una mano, la sonrisa no se le cae de la cara.
Fundó un centro de equinoterapia en Azul, provincia de Buenos Aires, y luego volvió a Salta para fundar Azul Centro de Equinoterapia.
Damos un paseo por el lugar, a una distancia prudencial y respetuosa de los niños y los animales.Lo que pasa en ese trayecto (lo que ocurre entre un cuerpo y otro, entre el jinete y el animal) es difícil de explicar con palabras.
Sucede que a veces, la explicación científica llega después de la experiencia. Elena habla de plasticidad cerebral, de cómo el movimiento del caballo (tridimensional, envolvente, constante) estimula rutas neurológicas alternativas. Me cuenta que en una devolución médica, cuando Panchi tenía cinco años, los profesionales no podían entender cómo caminaba, montaba, jugaba... porque los estudios clínicos no coincidían con la realidad de lo que había logrado
Elena: Veían el cuerpo y no coincidía con las imágenes. Les costaba creer que ese niño era el mismo del informe clínico —dice—. Eso es la plasticidad del cerebro, sobre todo en los niños,que tiene una capacidad inmensa de reorganizarse. Las neuronas que mueren pueden ser compensadas por otras rutas. Por eso en neurología, nunca está dicha la última palabra.
Tampoco está dicha en la vida.
Damián: Contra los diagnósticos, más allá de lo que los dictámenes médicos dicen que se puede esperar de un paciente ¿Cuánto influye la actitud, el temperamento, lo propio del individuo?
Elena: Todo influye. Lo importante es darse cuenta de que nunca está dicha la última palabra. La neurología no es matemática. Es la parte menos matemática de toda la medicina. No es uno más uno. No es: “Si hay tal lesión, va a pasar tal cosa.” No necesariamente. Hay muchos factores que intervienen. También el temperamento, por supuesto. Francisco, por ejemplo, es un chico súper tenaz y alegre, que le mete para adelante.
Damián:¿Y no pensás que ese temperamento también se va haciendo, que surge del entorno?
Elena: Sin lugar a dudas. También creo mucho en lo que te transmite el otro. Cuando alguien tiene confianza en vos, cuando te mira como diciendo “yo creo que vos podés”, uno empieza a creerlo también. Ayuda mucho lo que te transmite el otro. A cualquier persona le pasa.
Damián: ¿Y qué transmite el caballo?
Elena: Todo. Es un espejo emocional. Por ser un animal de presa, está en alerta, atento al entorno, a los gestos, al tono emocional. Si te acercás tenso, se pone tenso. Si estás tranquilo, se calma. Lo sienten todo. Y eso te obliga a regularte, a estar presente. No podés fingir con un caballo. Te devuelve tal cual estás.
Damián: ¿Eso lo vuelve una herramienta terapéutica?
Elena: Absolutamente. Por eso hoy se usan en coaching, constelaciones, acompañamientos. Pero lo que tiene de particular el caballo, a diferencia del perro, que te quiere como vengas, es que necesitás construir un vínculo. Ganarte su confianza. Medirte. Regularte. Y eso trabaja las habilidades sociales, la empatía, el control emocional.
Elena habla de lo que costó que la equinoterapia sea reconocida.
Elena: Fue un proceso largo - dice intentando resumir años de reclamos y acciones- En Salta ya está reconocida por ley provincial desde 2016, lo que obliga al Instituto Provincial de Salud (IPS) a cubrirla como terapia interdisciplinaria, complementaria, regulada y accesible
Ese logro, dice, cambió la vida de muchas familias:
Elena: Acá no dependemos de las auditorías médicas de las obras sociales: la cobertura es obligatoria, es ley. En el resto del país no pasa lo mismo.
Elena explica por qué, a nivel nacional, aún no se incluye la equinoterapia en el PMO (Programa Médico Obligatorio):
Elena: Nos dicen que no hay suficiente evidencia científica. Pero sí la hay. Se han realizado estudios, congresos, experiencias clínicas. Somos parte de una red de más de 200 centros en todo el país que presentó un proyecto de ley para su reconocimiento nacional, y ya hay al menos tres iniciativas legislativas en tratamiento.
Elena: Falta voluntad política -concluye- Porque no es una práctica de laboratorio. Es una experiencia viva, con cuerpo, vínculo, naturaleza.
Mientras tanto, Elena y la Fundación del Azul siguen transmitiendo este mensaje: la equinoterapia mejora la calidad de vida de manera integral ,física, emocional y social, y merece ser reconocida y accesible como cualquier otra prestación terapéutica
Damián: ¿Qué es eso que sucede entre el cuerpo del humano y el caballo que no puede ser medido aún y que imposibilita la salida de una ley nacional?
Elena: Bueno, lo que sucede es que hay muchos aspectos que sí son medibles y están respaldados por estudios médicos: como el tono muscular, reducción de estrés, la autoestima. Eso está investigado y hay estudios. Pero por otra parte, sí es verdad que hay algo que todavía no entra en los estudios científicos, y no obstante es visible. Yo lo llamo la sonrisa. Esa transformación en la cara del niño, incluso con condiciones severas. Tenemos una joven que viene desde que era niña, es ciega y tiene autismo. Es muy difícil comunicarse con ella, pero cuando sube al caballo, se relaja, se le va el bruxismo, sonríe. Hay algo de la experiencia, de ese encuentro entre el cuerpo del animal y el de la persona que transforma interiormente al paciente. Hay algo en el ritmo, en la textura del andar, en el sonido… que transforma.
Damián: ¿Cómo ayuda el caballo a lo emocional y a la reducción del estrés en el paciente?
Elena: La conexión, el encuentro con el caballo, teniendo este las características que ya citamos, regula, conecta, calma. Eso tiene un efecto neurológico: baja el estrés, las pulsaciones, relaja el sistema nervioso.
Damián: Y cuando llega una familia con un diagnóstico… ¿cómo los acompañás?
Elena: Lo primero que digo es que nunca está todo dicho. El diagnóstico ayuda a ubicarse, a entender, a pensar un plan. Pero no debe volverse un rótulo. Dos personas con el mismo diagnóstico pueden tener caminos completamente distintos. Las personas no son su etiqueta. Hay que confiar en los procesos. Lo que les digo es que el diagnóstico puede orientar, pero no limitar.
Damián: ¿Y cómo vive eso la familia?
Elena: Una discapacidad siempre impacta en todo el entorno. Yo lo viví con mi hijo. Y no es lo mismo cuando sabés que va a mejorar, que cuando te enfrentás a una enfermedad degenerativa. Pero en todos los casos, hay algo que sí puedo decir: cuando uno confía, transmite esa confianza. Y eso cambia todo.
Damián: ¿Cómo se trabaja la autonomía?
Elena: Desde el minuto uno. Los chicos no encuentran el caballo listo. Lo preparan ellos: lo cepillan, lo ensillan, lo llevan. Aunque necesiten asistencia, lo hacen. Porque eso también es terapia: saberse capaces. Y ese aprendizaje se generaliza. Buscamos que lo que hacen acá se lleve a la vida cotidiana.
Damián: Y todo eso está ligado al cuerpo, ¿no?
Elena: Todo está ligado al cuerpo. El aprendizaje pasa por el cuerpo. Hoy se redescubre eso desde la neuroeducación. Cada clase debería tener movimiento, emoción, experiencia. Aprendemos cuando vivimos, cuando sentimos. El caballo ofrece eso: un aprendizaje encarnado.
Damián:El aprendizaje… para materializarlo se necesita el sueño, se necesita la atención. Todo tiene su sustrato material, ¿no?
Elena: El tiempo. La atención necesita tiempo. Fijar el conocimiento implica práctica. Se aprende más cuando ves,cuando vivís, cuando tocás. Cuando lo atravesás emocionalmente. Eso es lo que tratamos de hacer acá. Emoción y experiencia. Por eso sumamos talleres además de la equinoterapia, que fue con lo que comenzamos hace veinte años. Con el tiempo, las familias nos pedían más espacios. Porque la sesión de equinoterapia dura una hora, vienen, hacen la actividad y se van. Y los papás decían: "Qué ganas de que puedan quedarse, de que haya más". Así empezamos a imaginar talleres sueltos, siempre con nuestra impronta: naturaleza, aire libre. A mí me encanta estar afuera, soy técnica en producción agropecuaria, esa es mi formación base. Es mi marca.
Damián: Hay algo clave que dijiste antes… qué importante es que sean felices. Y qué poco se dice de eso, como si la felicidad y el bienestar emocional de la persona se hubiesen subordinado a las expectativas y cualificaciones. Se prioriza el rendimiento, la inteligencia, el trabajo… y se olvida la felicidad.
Elena: Es así. Tener un hijo con discapacidad te sacude todo. Es un cachetazo de realidad sobre lo que de verdad importa. Uno al principio quiere tener el control, quiere saber cómo va a ser el futuro. Yo me preguntaba: ¿Francisco va a escribir? ¿Va a poder estudiar? Hoy pienso: ¡qué tontería! Lo importante es que sea feliz. Esa es la meta. Hay que aprender a soltar el control. A confiar.
El lema de azul reza: “La rehabilitación integral también puede darse en un marco de alegría, libertad y encuentro con la naturaleza”. Este lugar es un centro de rehabilitación, sí, pero tiene ese algo de retorno a lo elemental, a los fundamentos, a la simpleza y lo instintivo. Se ve gente al aire libre, en el sol, con animales, con música y, sin embargo, todo está diseñado con objetivos terapéuticos. Todos los que trabajan acá son terapeutas formados en la universidad y en la ciencia, más allá de eso, trabajan desde otra lógica, la de la vida.
Además de la equinoterapia, Azul cuenta con un centro de día. Funciona como una escuela para chicos con discapacidades especiales moderadas a severas que no pueden integrarse en el sistema educativo común. Allí trabajan por la mañana, de lunes a viernes, con talleres diarios. Huerta, cocina, arte, música, equinoterapia, habilidades sociales, golf adaptado, actividades con perros, deportes.
Damián:¿Y cómo se define quién puede ingresar?
Elena: El centro de día está normado por el Ministerio de Salud. Está pensado para personas que ya han transitado por la escuela especial o centros educativos terapéuticos y que no pueden insertarse en el sistema común.Hay chicos que no están en condiciones de estar en un aula común, por múltiples motivos. Y forzar esa integración puede ser contraproducente. A mí me pasó con Francisco. Lo querían incluir en una escuela común cuando claramente no estaba preparado para eso, ni la escuela tampoco. Tenía conductas que necesitaban una persona formada para acompañarlo. Por eso digo que lo importante es estar en el lugar donde te saben abordar. Y también tener un grupo de pertenencia. Eso es lo que más necesitan: sentirse parte. Nosotros lo trabajamos mucho acá. Se ríen, van al súper, venden huevos, hacen abono, organizan salidas, se acompañan, se hacen bromas. Son un grupo. Se sienten vistos y valiosos.
Damián:¿Qué te parece que se perdió en la educación?
Elena: Creo que tiene que aggiornarse. No sé si se olvidó, pero hay que volver a mirar a la persona. No al grupo, al promedio. A cada uno. Enseñar de forma práctica, con experiencia. Eso es lo que más fija el aprendizaje. Y la neurociencia lo confirma: aprendemos con el cuerpo, con la emoción, con la vivencia. Por eso este lugar. El saber no puede estar separado de la vida.
Damián:¿Te queda algún sueño por cumplir?
Elena: Este año queremos que uno de los grupos más autónomos pueda ofrecer un servicio de catering. Ya cocinan espectacular. Sería un paso enorme en su camino hacia la inclusión laboral. Y otro paso más hacia esa alegría transformadora que buscamos todos los días. Lo segundo es que logremos que salga la Ley Nacional de Equinoterapia. Y que nos transformemos un día en una sociedad verdaderamente equitativa e inclusiva.
Damián Comas