Un guiño hacia lo desconocido terminó en ocho años de ruta. Flor Cernuschi y Gise Ares hoy quieren dar a conocer su recorrido en LaRevista, honrar su camino y lo que dejaron atrás para llevarlo por siempre bien guardado con ellas.
El amor por la naturaleza y la curiosidad por lo nuevo fue el puente que las ayudó a cruzar América de punta a punta a bordo de Calimba. Más allá de toda idea romántica, los sueños se cumplen cuando honestamente los mirás a los ojos y les ponés nombre y apellido (y, porqué no, fecha y lugar).
A continuación, te dejamos la charla que tuvimos con Flor y Gise para que conozcas su proyecto:
¿Cómo se conocieron, qué las conectó y cómo iniciaron este estilo de vida?
Nos conocimos hace muchos años trabajando juntas en una empresa en Buenos Aires, y lo que nos conectó desde el primer momento fue una misma mirada sobre cómo queríamos construir nuestro tiempo: la curiosidad por el mundo natural, la pasión por el buceo y la certeza de que no queríamos dejar la vida en pausa esperando las vacaciones.
El estilo de vida overland no nació como un impulso de escape, sino como un diseño de vida deliberado. Hace más de 8 años decidimos armar este camino para unir el continente de punta a punta, desde Ushuaia hasta Alaska, a bordo de Calimba, nuestra Ford Transit que es tanto casa como oficina rodante.
Este viaje fue profundamente transformador también desde el afecto: durante casi todo el recorrido nos acompañaron nuestros cuatro patas, Gaspar y Duque, quienes fueron parte esencial de la manada y de cada kilómetro recorrido hasta que nos tocó despedirlos poco antes de alcanzar Alaska.
¿Cuándo fue exactamente el momento en que dijeron "esto no es un sueño, lo vamos a hacer"? ¿Hubo un disparador concreto?
El clic no fue una revelación romántica ni cinematográfica, sino una decisión netamente práctica: dejar de tratar el viaje como una fantasía lejana y ponerle fecha en un calendario. El disparador real fue comprender con honestidad que nunca iban a estar dadas las supuestas «condiciones perfectas». Siempre iba a faltar algo de presupuesto, siempre iban a presentarse proyectos laborales atractivos y los miedos lógicos iban a persistir.
En el momento exacto en que armamos la primera lista de pasos operativos —vender pertenencias, equipar el vehículo de forma autosuficiente y trazar una ruta de salida— el viaje dejó de ser una charla de sobremesa con mate para consolidarse como un plan de vida deliberado.
Trabajaban en una empresa en Buenos Aires: ¿qué hacían y qué dejaron atrás exactamente?
Dejamos atrás la estabilidad del entorno corporativo y el ritmo predecible de la ciudad. Veníamos del ámbito de la comunicación, las relaciones públicas y las estructuras convencionales de oficina con horario estricto de lunes a viernes, recibo de sueldo asegurado a fin de mes y fines de semana cronometrados.
No fue únicamente renunciar a un escritorio o a una posición profesional: dejamos la inercia cotidiana porteña, la comodidad de una vivienda fija, la cercanía física permanente con familiares y afectos, y, sobre todo, esa falsa sensación de seguridad que produce tener proyectados los próximos cinco años bajo un mismo código postal.
¿Cómo se financia un viaje de 8 años?
Viajar y vivir durante ocho años en ruta no equivale a unas vacaciones perpetuas; implica gestionar una vida laboral y productiva en movimiento constante. No dependemos de ahorros infinitos, sino de una profunda transformación en la relación entre autonomía, ingresos y consumo consciente:
Calimba como hogar 100% sustentable. Contamos con un sistema de paneles solares y banco de baterías que abastece completamente la oficina rodante (computadoras, cámaras, equipos satelitales y Starlink). Esto nos otorga autonomía absoluta sin necesidad de acudir a campings pagos ni depender de redes eléctricas externas. También, contamos con un tanque de 100 litros de agua potable a bordo. Gestionar conscientemente cada litro para beber, cocinar e higienizarnos transformó por completo nuestro vínculo con los recursos naturales y nos permite acampar de forma libre y segura durante días en áreas agrestes. Así, al integrar energía, agua, abrigo y cocina en la van, nuestro gasto de hospedaje es literalmente cero. No existe alquiler mensual ni facturas de servicios fijos; el presupuesto se concentra exclusivamente en combustible, mantenimiento preventivo y alimentación fresca.
Hoy vivimos con una diversificación de fuentes de ingreso remoto: Desarrollamos proyectos remotos en relaciones públicas, identidad y estrategia para marcas y empresas, hacemos coaching ontológico y mentorías, instrucción de buceo y capacitaciones técnicas y somos creadoras de contenido y alianzas.
Además, al salir de la rutina sedentaria de las grandes ciudades, la necesidad de consumo compensatorio prácticamente desaparece. En la ciudad suele gastarse por inercia, estrés o falta de tiempo. En pocos metros cuadrados se aprende a convivir exclusivamente con lo esencial; no hay espacio físico para acumular cosas prescindibles. Al reducir drásticamente los gastos superfluos, el dinero se canaliza hacia lo verdaderamente significativo: equipamiento confiable, experiencias enriquecedoras, productos locales de calidad y la libertad de decidir cuándo avanzar y cuándo tirar el ancla.
Calimba es casa y oficina a la vez: ¿cómo se organiza el día a día entre trabajar, trasladarse y vivir?
La clave fundamental para la sostenibilidad del proyecto es no mezclar los tiempos y tirar el ancla cuando corresponde. Es inviable pretender rutear, hacer turismo, trabajar y atender la vida doméstica en simultáneo sin llegar al agotamiento.
Nos estructuramos por bloques: existen jornadas dedicadas por completo a la oficina virtual, llamadas con clientes y producción técnica (aprovechando Starlink), y días destinados exclusivamente al traslado o la exploración del entorno. A su vez, el interior de Calimba tiene dinámicas claras: la mesa se monta para el trabajo y se despeja para las comidas, y las labores de mantenimiento (carga de agua, revisión mecánica, orden) están incorporadas con naturalidad a la agenda diaria.
¿Hubo algún tramo que casi las hace abandonar o replantearse todo?
El mayor punto de inflexión no provino de una falla mecánica ni de una estrechez presupuestaria, sino del plano emocional: la partida de nuestros compañeros de cuatro patas en el camino nos desarmó por completo.
Cuando la ruta te enfrenta con un duelo, el habitáculo de la van se percibe diminuto y la distancia se siente con fuerza. Surge inevitablemente la pregunta de qué sentido tiene estar tan lejos, procesando el dolor en movimiento en vez del refugio conocido de siempre. No estuvimos cerca de claudicar por una rotura mecánica o un trámite fronterizo complejo; lo que realmente pone a prueba las convicciones es atravesar una pérdida irreparable a la intemperie. Sin embargo, ese proceso también nos enseñó a abrazar la vulnerabilidad, entendiendo que el duelo y las despedidas también forman parte orgánica del camino.
¿Qué país o región las sorprendió más? ¿Dónde se sintieron más "en casa" y dónde más extranjeras?
La mayor sorpresa fue La inmensidad del norte ártico y subártico, entre los territorios vírgenes de Canadá y la desolada grandeza de la Dalton Highway en Alaska. La escala geológica y la fauna en estado puro generan una lección de humildad que ningún mapa o fotografía alcanza a dimensionar.
Lo más «en casa» pensamos que fue Colombia y México. La calidez espontánea de su gente, la facilidad para entablar conversaciones profundas al costado del camino, el sentido comunitario y la riqueza cultural nos hicieron sentir abrazadas desde el primer día.
En ciertas regiones rurales e hiperindividualistas de Estados Unidos. No por falta de amabilidad, sino por dinámicas sociales marcadamente atomizadas, distancias kilométricas sin interacción peatonal y la ausencia de una vida comunitaria visible de calle, lo cual contrasta fuertemente con nuestra matriz vincular rioplatense.
¿Cómo viven la frontera con la aventura? ¿Qué momento les dio más miedo y cuál más felicidad?
Para nosotras, la aventura no radica en asumir riesgos temerarios, sino en gestionar la incertidumbre cotidiana con serenidad, planificación y criterio técnico:
Atravesar pasos cordilleranos y rutas boreales de ripio con presencia de hielo y clima adverso, así como experimentar averías mecánicas imprevistas en tramos remotos, sabiendo que ante una contingencia mayor la ayuda especializada dista a cientos de kilómetros.
Arribar finalmente a Prudhoe Bay y tocar las aguas del Océano Ártico. Hacer sonar la tradicional Victory Bell tras completar más de 100.000 kilómetros recorridos desde Ushuaia fue una consagración colectiva inmensa, sabiendo que cada tramo fue edificado con esfuerzo propio, convicción inquebrantable y honrando cada paso de la manada.
Ya llegaron a Alaska, que era la meta. ¿Qué viene ahora? ¿Se termina el proyecto o muta?
Llegar a Alaska representaba un mojón geográfico emblemático, pero jamás concebimos este viaje con un punto final estricto. Lo que concluye es una etapa cartográfica específica; lo que continúa es la maduración natural del proyecto.
Calimba ya no es solamente un vehículo que traza líneas hacia el norte: se transformó en una plataforma multidisciplinaria de vida, mentoría, consultoría y comunicación. El proyecto muta hacia la profundización de contenidos formativos, nuevas alianzas educativas en el mundo del buceo, programas de acompañamiento para quienes buscan diseñar transiciones de vida conscientes y el inicio de nuevos itinerarios.
¿Qué le dirían a alguien que sueña con un cambio de vida así pero no se anima?
Le sugeriríamos despojar la idea de mística paralizante y traducirla a números, fechas y acciones concretas. La incertidumbre y el miedo no desaparecen antes de partir; se transforman y se disuelven cuando uno empieza a resolver situaciones tangibles en la práctica.
No es imprescindible contar con un vehículo de última generación ni tener planificados los próximos diez años al detalle. Lo fundamental es estructurar un plan operativo riguroso para los primeros meses, desarrollar o afianzar habilidades reales que permitan generar ingresos de manera deslocalizada y cultivar la flexibilidad emocional necesaria para convivir con la incomodidad. El cambio de vida no es un acto impulsivo de fe: es una obra de diseño personal e integral.
¿Cómo es volver (o no) a la vida en un lugar fijo después de 8 años de estar en movimiento?
Ocho años de vida en ruta resignifican por completo el concepto de arraigo. El hogar deja de asociarse con una dirección física o una estructura de cemento inmóvil, y pasa a anclarse en la solidez de los vínculos, en la complicidad construida puertas adentro de la van y en la facultad de habitar plenamente el momento presente en cualquier coordenada.
Si en alguna etapa sobreviene la decisión de establecer una base fija o pasar temporadas más prolongadas en un punto geográfico, jamás se vivirá como un retroceso o una renuncia a la libertad. Si ocurre, será simplemente otra elección deliberada, con la certeza de que el movimiento y la perspectiva abierta ya constituyen una parte inseparable de nuestra identidad.
Para conocer más de su historia pueden buscarlas en @combicalimbaok
Catalina Appendino