No sería nada de lo que soy sin aquellas personas que estuvieron y están a mi lado, sin sus huellas, sin sus diálogos y sus modos de acompañarme en esta experiencia. Es que nadie nace sólo en la vida y la vida humana se desarrolla indefectiblemente en círculos interpersonales que, para bien o para mal, nos preformatean y nos condicionan. Las personas que nos rodean, desde la familia cercana, a los vínculos afectivos, a los amigos y a los enemigos, son y serán espacios vitales desde donde narramos, inconsciente o conscientemente, nuestra fugaz vida. Por ello es imprescindible poner luz en ellos, volver conscientes los juegos de relaciones que nos unen a aquellos con los que nos topamos día a día, volver sobre los lazos personales con una voluntad de reflexión que ponga en relieve por qué estamos allí, qué dicen esas personas de nosotros, que condicionan en nosotros, qué facetas de nuestros ser sustentan o limitan y qué partes de nosotros espejan. En la tarea interminable que supone el autoconocimiento como terapia de sí y la búsqueda de libertad, un paso insoslayable es la reflexión sobre nuestras tramas interpersonales.
“Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros” es una frase célebre de Jean-Paul Sartre que captura la esencia de la existencia humana: no somos únicamente producto de lo que nos acontece, sino de cómo elegimos responder a ello, y sobretodo cómo actuamos sobre lo que los Otros hicieron de nosotros, es decir que la libertad, el libre albedrío y la capacidad de acción siempre estará permeada por nuestro ser-con otros. Nuestra identidad es, en última instancia, una creación en diálogo constante entre lo que nos dicen y dicen de nosotros, una colaboración nunca fija en relaciones de poder y entramados sociales que marcan la materia sobre la que debemos partir para forjar una identidad propia. Y en este coro en el que intervenimos, crecemos y nos transformamos es preciso entender qué tonalidades y voces nos rodean y qué dicen.
La neurociencia contemporánea refuerza esta visión mediante conceptos como genética y epigenética. Mientras la genética define una parte de nuestra predisposición biológica, la epigenética nos enseña que nuestro entorno, las relaciones que cultivamos y las experiencias que vivimos, moldean y reescriben continuamente nuestra biología. Desde antes de nacer, nuestra existencia se entrelaza con la de otros: el mundo de un recién nacido es su madre. Durante los primeros años de vida, esta conexión íntima se amplía, y empezamos a construir una red de relaciones que será la base de nuestra identidad. La trayectoria de relaciones interpersonales que vamos internalizando forman nuestro modo de conocer y habitar el mundo. Mientras que la genética señala las notas y caracteres que recibimos de nuestro árbol familiar, la epigenética enseña que nuestros alrededores potencian y condicionan comportamientos y características biológicas y psicológicas que traemos de la genética. “La familia no se elige” reza la sabiduría popular, y lo que heredamos tampoco, pero sí podemos elegir cómo reaccionamos a lo que esa familia dice de nosotros.
El psicoanalista Donald Winnicott introduce el concepto de un "contexto facilitador" que sostiene el desarrollo del yo. Este contexto no es más que el entramado de vínculos personales que tejemos a lo largo de la vida, donde las relaciones íntimas desempeñan un papel central. Desde los vínculos iniciales hasta las relaciones que elegimos conscientemente en la adultez, nuestras interacciones construyen una arquitectura emocional y social que define quiénes somos.
Aquí surge una idea fundamental: nuestra identidad siempre está mediada por los otros. No hay herramienta de autoconocimiento más poderosa que observar nuestro círculo íntimo. Las personas con las que elegimos compartir nuestra vida son espejos que reflejan nuestras virtudes, defectos, ideales y temores. Familia, amigos, colegas o compañeros de actividades: cada vínculo revela aspectos de nuestro ser. Observar sus virtudes nos conecta con nuestros ideales; ver sus defectos nos invita a confrontar nuestras propias sombras. Todo aquello que admiramos o rechazamos en el otro es, en el fondo, una invitación a conocernos mejor.
En este contexto, la terapeuta Marian Estapé habla de las "personas vitamina": aquellos individuos que nos potencian, nos sostienen y nutren nuestro crecimiento. Elegir conscientemente las personas que forman parte de nuestra vida es, quizás, uno de los actos más liberadores y transformadores que podemos realizar. La bioneuroemoción, por su parte, subraya que nuestra interpretación del mundo está íntimamente ligada a las narrativas que construimos a partir de las relaciones que cultivamos.
Me resulta particularmente fascinante la perspectiva de la terapia narrativa, que nos invita a ver nuestra vida como una historia en constante construcción. En esta trama, nosotros somos narradores y protagonistas, pero no estamos solos: los personajes que nos rodean desempeñan roles clave en nuestro desarrollo. Nuestra identidad es un rompecabezas compuesto de vínculos, un mosaico de "yo" que emerge en función de las miradas y las interacciones que compartimos con los demás. Así, no somos un ente fijo e inmutable, sino un espacio en el que se producen transformaciones, encuentros y tensiones.
Esto no implica que nuestra identidad sea una ilusión o que carezca de autenticidad. Al contrario, como propone Carl Rogers, el psicólogo humanista, nuestro "yo auténtico" no es un estado fijo, sino una meta, una tendencia hacia un ideal de auto-desarrollo. Este yo auténtico se construye en el proceso mismo de vivir, en el acto de elegir conscientemente nuestras relaciones, de narrarnos y reinterpretarnos.
La clave está en asumir con honestidad nuestras identidades múltiples, analizar lo que los demás ven en nosotros y preguntarnos: ¿qué aprendo de esta relación? ¿Qué lugar ocupa esta persona en mi vida y por qué? La respuesta a estas preguntas nos permite tomar las riendas de nuestras narrativas y rodearnos de quienes nutren nuestro crecimiento.
Aristóteles definió al ser humano como un "animal social", y esta idea encuentra eco en la noción de comunidad, un concepto que va más allá del individuo aislado o de la masa anónima. La comunidad es un tejido vivo, una red de relaciones similar al micelio que conecta los árboles en un bosque. En este entramado, la vida individual cobra sentido a través de la convivencia y la interdependencia.
En definitiva, somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Somos las historias que contamos, los vínculos que cultivamos, las elecciones que hacemos cada día al tejer nuestra red de relaciones. Y es en esa red, en esa comunidad de personas que nos reflejan y desafían, donde nace y florece nuestro verdadero yo.
Eugenio Comas