Lucrecia Martel cerró la decimosexta edición de la Feria del Libro presentando su primer libro “Un destino Común” el pasado lunes 12 de octubre en la Usina Cultural. Ahora sí autoproclamada como directora luego de su último largometraje, Lucrecia Martel escribió su primer libro “Un destino Común” reuniendo sus aportes e intervenciones orales más significativos a lo largo de varios años sobre la teorización acerca del sonido y las perspectivas narratológicas. Justamente, la presentación del libro en la Usina fue un ensayo de las discusiones que podríamos llegar a encontrar en el libro. La propuesta llega a ser sumamente potente porque el diálogo no termina ni en el libro, ni en la presentación, puede replicarse y multiplicarse cuantas veces sea necesario. Imaginar un destino común es posible, dejo algunos aportes que me dejaron resonando de la charla.
No hace mucho escuché la entrevista de CandeNomics hablando con Robi Chuit Roganovich, escritor cordobés. Si bien el pensador le deniega a Lucrecia Martel las facultades de portavoz de algunas discusiones políticas por el hecho de pertenecer al ámbito de la cultura, traigo este aporte a la nota porque toda la entrevista resuena con algunos interrogantes que Lucrecia trajo al anfiteatro la noche del lunes, “¿Cómo vamos a inventar un destino común si en quienes delegamos nuestra voluntad política después hacen lo que quieren?”. Bueno, el problema de base es que hay una visibilidad brutal en el estado de las cosas en materia democrática. Frente a una concentración sin precedentes del capital y la casi nula representatividad reflejada en las desterritorializadas agendas políticas, la democracia parecería no tener ningún sentido. En esta línea, Lucrecia afirma:
Imagínense el nivel de intemperie en la que estamos que es urgente pensar con observación y diagnóstico sobre la realidad en un futuro en donde entremos todos o de lo contrario triunfará un discurso en el que sobre más de la mitad de la especie humana. Deseemos algo mejor que eso. Que difícil desear algo mejor si tenemos experiencias tan mediocres.
Ante estas experiencias, la introyección de una violencia y del dolor. La entrevista con Roganovich trae a colación esa intemperie que nos avasalla hasta el punto de pensar si realmente tenemos que cambiar radicalmente esa democracia, “en teoría siempre supimos de base que esa democracia no andaba, pero romper el juguete era impensado hace siete años”. Las películas mainstreams mostraron progresivamente estas inminentes distopías políticas y lo dijo Martel en repetidas entrevistas “la profecía apocalíptica sobre la supremacía de los robots se nos está cumpliendo es urgente pensar otras narrativas”. A esto Nick Land le llama la hiperstición que no es más que “el conjunto de discursos que nosotros producimos acerca de la época venidera”. La licuación acelerada de las voluntades políticas nos lleva a preguntarnos de vuelta sobre que nos queda para construir como comunidad si no existe tal vínculo entre las fuerzas políticas y la participación ciudadana. Y es aquí donde si me parece, como Lucrecia, que la cultura si trabaja efectivamente con ese punto de contacto entre lo inmediato, lo cotidiano, y lo profundo desde nuestras perspectivas, desde nuestras formas de ver la vida. Es decir que frente a la intemperie de la crisis de representatividad política todavía nos queda la imaginación política. Lucrecia nos dice al respecto,
Bueno para eso es que sirve la cultura, para mirarnos. La literatura, el teatro, el cine, el arte, la música no es para afirmar un pasado de oro de nuestra provincia que parece que se representa en dos o tres eventos al año -con todo respeto lo que me encanta la fiesta del milagro y los gauchos de Güemes. Eso no es lo único que es nuestra provincia.
Pensarnos como salteños/as desde la narrativa de otros es extranjerizarnos, haciéndonos parte de un fetiche que nos niega en una otredad, como bien dice mi profesora Irene López. Pensarnos como salteños/as dentro de un núcleo inquebrantable de tradición que remonta a lo colonial nos hace pensarnos y narrarnos desde la mitificación cultural de lo que es ser salteño y no nos permite pensarnos hiperticionalmente a favor de un territorio que disputa su autonomía. “Dejemos de pensar nuestra propia derrota a partir de las categorías de lo que ellos mismos nos imponen” (Roganovich). Más allá de que esta frase está inscripta en un repensar la política de la izquierda frente a las visibles derrotas electorales, pienso que podemos llevarlo hacia la política entendida como acción dentro de la polis, dentro de las ciudades despojándonos de lo partidario. De esta manera, Lucrecia nos invita a pensarnos no sólo como salteños en una narrativa que nos pertenezca a todos, sino también como argentinos volviendo a interrogantes con los que trabajó en el documental “Nuestra Tierra” ¿Cómo era que habíamos inventado este país?,¿para quiénes lo habíamos inventado?, ¿Quiénes lo había organizado y con qué ideas?, y lo más importante ¿qué de eso servía y qué de eso no y es necesario hacer urgentemente algo?
Respecto a la película, concluye Martel
Lo que pasa en la película no es distinto de lo que nos puede llegar a pasar a nosotros. Que un montón de gente no tenga acceso a la vivienda no es un problema lejanísimo al problema de territorio de las comunidades. Que la solución a ese problema sea acampar en un terreno con las dificultades que eso conlleva no es algo que no esté pasando en otros lugares, en otros territorios. Son cosas que las tenemos que pensar como fracasos sociales más que individuales.
Catalina Appendino