Hoy traemos al lector tres cuentos para pensar la figura de Evita como una santa, como así también la fragmentación de su cuerpo remitiendo a ese destino tortuoso de su cadáver. En el siguiente link podán encontrar los tres cuentos.
https://drive.google.com/drive/folders/1SbIjgHhpN1kleR2In4v7WUF6ahNCE1G?usp=sharing
Si bien, es inevitable afirmar que cada uno de estos cuentos tiene representaciones muy variadas de Evita, hay una representación que transversaliza los cuentos y esta tiene que ver con su muerte, su cuerpo fragmentado y los espacios de adoración como así la beatificación de su imagen. Todos, por supuesto, desde la mirada de un otro que está atravesado por un discurso político-partidario y que, a su vez, se polariza en lo peronista/antiperonista. Así se enuncia el poema que la protagonista escucha siempre por parte de su abuela “Ha muerto Eva Perón,/ pero su alma desde el cielo/ brillará como un lucero” en “Evita Capitana”. Lo mismo pasa con “Evita vive (en cada hotel organizado)” cuando una de las mujeres al verla proclama “Evita, Evita vino desde el cielo”. Así también cuando Perón le envía al narrador una carta donde firma “Pórtense bien y acuérdense de Evita que nos guía desde el cielo” en “Peronismo de juguete”
Eva o Evita funciona aquí como un ideologema, entendiendo el ideologema como “como un microsistema semiótico-ideológico subyacente en una unidad funcional y significativa del discurso. (Cross, 1989: 112). Encontramos al ideologema Evita como un microsistema donde su figura se enaltece en una beatificación luego de su muerte. Uno de los elementos de este microsistema es el pelo de Evita, “una raya perfecta” (Evita Capitana de Inés Garland) con “ese rodete” (Evita vive de Néstor Perlonguer) y ese “rubio iluminado” (Soy yo de Ester Cross). Ella no sólo tiene algunas características distintivas que la acercan hacia una identificación inmediata del personaje en la lectura, sino que cuenta con ornamentos que hacen a su virtud, como las santas. En este punto, la tradición cristiana reviste a sus santos de atributos que funcionan en un todo iconográfico.
Siguiendo con la idea de Cross (1996), es el sujeto cultural el que participa activamente en la producción de sentido del texto, es decir que no existe una inmanencia del sentido ni un signo cuyo significado sea único, inmutable y cerrado. Más bien, el sentido se construye en el proceso de lectura, a partir de la relación que el sujeto establece con el texto y con las instancias ideológicas que lo atraviesan “como sujeto colectivo” (1996: 196). Así, “Las lecturas que hacemos de los textos están siempre datadas y siempre remiten a un campo socio-cultural determinado”. Probablemente alguien que no sepa quien es Evita para la Argentina, no atienda a esta distinción o sólo la vea como un personaje más en los cuentos sin distinguir los títulos o las referencias que se hacen a un personaje político muy particular.
Como sujeto colectivo y cultural, es evidente que este ideologema de la beatificación de Evita cristaliza al peronismo desde lo idológico-político. La imagen que se construye a través de la muerte de Evita desde la mirada de sus “devotos” y “fieles” -esos que recitan poemas, la invocan, la lloran y le imploran- da cuenta de la sociabilidad y de la “inscripción del discurso social” (Angenot, Marc, Regine Robin, 1989: 51), pero desde lo cacofónico y conflictivo del discurso social ya que la muerte de una figura política tan importante inscribe y desplaza la muerte física. Evita esquiva la muerte y acompaña a cuanto fiel desea poseer algo de ella, “Ahora es ella quien vive en mi alma y en mi cara” (Soy yo de Ester Cross). Así, su figura se reproduce cuantas veces se la invoque. A diferencia de su cuerpo y la terrible historia que se conoce de él luego de su muerte, el alma de Evita se usufructúa para renovar una ideología.
Catalina Appendino